Alcohólicos Anónimos en prisiones – Mi nombre es Tomás…


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A la edad de 21 años tomé la primera copa de mi vida. Me gustó el efecto: aliviaba todo el dolor que sentía por dentro, todo el sufrimiento. Un día, años después, toqué fondo. Un juez me condenó a diez años de prisión. No dejé de beber en prisión. El ministro me decía: “Tomás, tienes un problema alcohólico. Investiga Alcohólicos Anónimos”. Me gustó la forma en que me lo dijo. No me dio una orden, sino una sugerencia.

Antes de ir a la granja, un tipo, dándome un golpecito en la espalda, me preguntó si tenía un hermano y si mi hermano tenía una hija de nueve años. Le respondí que sí. “Ya no”, me replicó. “Ayer por la tarde murió atropellada por un borracho”. Llené una jarra con aguardiente casero y me emborraché. Pregunté a Dios por qué quitarle la vida a una muchacha y no a un despreciable como yo. No pude entenderlo, así que me quedé sentado bebiendo. “Si el que la atropelló llega aquí, ¡lo mato!”

El lunes por la mañana me fui con resaca a la granja y el jueves asistí a mi primera reunión de A.A. Había tres oradores de fuera. Oí al primero –Bernardo-, pero a nadie más. Volví a mi dormitorio y me senté diciéndome: “Y tú tienes lástima por ti mismo, ¿y qué de Bernardo? No sólo tiene un problema alcohólico, sino también está casi completamente ciego”. Después de esto, asistí a todas las reuniones de A.A.

Ocho o nueve meses más tarde, se me acercaron un par de compañeros: “Tomás, ese tipo está aquí”. Sabía a quién se referían, al hombre que mató a mi sobrina. Fui al edificio adonde llegan los nuevos, sintiendo escalofríos por todo mi cuerpo. No sabía qué iba a pasar, ni qué iba a hacer. Crucé el umbral. Nunca había visto a ese hombre, pero pude identificarlo, de pie al otro lado de la sala. Me acerqué, lo llamé por su nombre, dio la vuelta y me miró a los ojos. No sé qué me pasó aquel momento, pero al mirarle a los ojos vi todo su dolor y confusión, y no pude más que extenderle la mano: “Bienvenido a la granja”. Y nos hicimos amigos.

Yo participaba muy enérgicamente en A.A. Un psiquiatra me dijo: “¿Te das cuenta de lo que has estado haciendo todos estos años? Has estado huyendo. Pueden considerarte para la libertad condicional. Si te la conceden, únete a A.A., y muy en serio. Si te quedas al margen, no tendrás éxito y pronto volverás”.

Fui puesto en libertad condicional. Y puedo decir que si no hubiera asistido a aquella reunión y no hubiera oído hablar a Bernardo, no me habrían dejado salir. Creía que no me iban a aceptar los a.a. de fuera porque tenía antecedentes penales, pero no fue así. La primera noche, subí las escaleras preguntándome: “¿Qué haré si no me aceptan? ¿Debo entrar, no obstante, o volver a casa?” Abrí la puerta y entré a la sala. Un hombre me preguntó: “Tomás, ¿dónde has estado?” Hacía veinticinco años que no me había visto. El segundo en extenderme la mano era un hombre que había servido conmigo en el ejército. ¡Qué gran emoción sentí! No me lo podía creer. Durante los tres meses siguientes, asistí todas las noches a las reuniones de A.A. Ha sido para mí una nueva manera de vivir. Nunca he visto tanto amor ni a gente tan maravillosa.

 

Alcohólicos Anónimos, A. A. en prisiones: de preso a preso.

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