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El Movimiento Internacional 24 Horas de Alcohólicos Anónimos es un conjunto de Grupos de Alcohólicos Anónimos que funcionan las 24 horas del día, los 365 días del año, de servicios gratuitos y permanencia voluntaria, integrados única y exclusivamente por un conjunto de hombres y mujeres, enfermos alcohólicos todos ellos, que comparten su mutua experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo.

Reflexión del 19 de Abril

Movimiento 24 Horas de Alcohólicos Anónimos

Hermanos por nuestros defectos

“Nosotros los alcohólicos recuperados no somos hermanos por nuestras virtudes, sino hermanos por nuestros defectos y por nuestros esfuerzos comunes para superarlos” (Bill W., Cómo lo ve Bill)

La identificación que un alcohólico tiene con otro es misteriosa, espiritual –casi incomprensible–. Pero está allí. Yo la “siento”. Hoy siento que puedo ayudar a otros y que ellos me pueden ayudar.

Preocuparme por alguien es para mí una sensación nueva y emocionante; importarme sus sentimientos, sus esperanzas, sus oraciones; saber de sus tristezas, de sus alegrías, de su horror, de sus pena, de sus pesares; querer compartir estos sentimientos para que alguien pueda encontrar alivio. Nunca sabía cómo hacer esto –ni cómo tratar de hacerlo–. Ni siquiera me importaba. La comunidad de Alcohólicos Anónimos y Dios, tal como yo lo entiendo, me están enseñando a preocuparme de otros.

 

Alcohólicos Anónimos, Reflexiones diarias

XXXVII Aniversario del Movimiento Internacional 24 Horas de A.A. (y 17)

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“Usted es para nosotros la persona más importante”, escucha decir el nuevo que llega lleno de desaliento, lleno de decepción, acorralado por la vida. “Si usted tiene problemas con su manera de beber, ha llegado al lugar indicado”.

Así se inicia la historia de cada persona que llega a un Grupo 24 Horas de Alcohólicos Anónimos.

 

Virgilio A., XXXVII Aniversario Grupo Matriz

Me llamo Marina y soy enferma alcohólica (llegué a A.A. con 26 años)

Empecé a beber diariamente a los 16 años. A partir de ahí mi forma de beber se aceleró brutalmente: cerveza a mediodía y por la tarde, días en que amanecía con la lata de cerveza en una bolsa de plástico encima de mi mesa de trabajo, licor de hierbas antes de salir de casa. Bebía todo el día, de la mañana a la hora de dormir.

A los 20 años me hospitalizaron por primera vez por intoxicación alcohólica. Creía que era epilepsia, porque perdí el conocimiento y sufrí convulsiones. El doctor me dijo: “Marina, tienes el hígado inflamado y fallos en los riñones. Si sigues bebiendo, vas a morir”. Pero en cuanto salí me acerqué a un bar a tomarme una copita de hierbas. Era lo único que me hacía sentir bien: beber, olvidar. El alcohol era ya casi una necesidad física. Al levantarme sufría temblores, náuseas, el cuerpo no funcionaba si no recibía su dosis de alcohol, su sustento. No podía casi ni caminar. Me habrán hospitalizada unas 20 veces, siempre por lo mismo. Pero volvía a beber, quería morirme ya, que acabase el resentimiento, el odio, la soledad, todo. El último año terminé en centros, asociaciones religiosas, sectas, casas de acogida, y nada. Entraba y salía, con el mismo resultado: la copa. Me moría, sin fuerzas. En mi cabeza, una nube negra constante. Sin salidas. Al reflejarme en los escaparates, veía un monstruo: hinchada, amoratada, sin vida.

Un día me dirigí a una iglesia y entré. Me puse de rodillas y lloré. Rogué que lo que hubiera allá arriba me ayudase. No podía más, estaba sola. Esa misma tarde, en una estación de autobuses, mi mirada se posó sobre dos personas que me miraban sonriendo. No sé cómo pero creo que también sonreí. Al día de hoy son mis compañeros. Me invitaron a lo que ahora llamo “mi casa”.

Desde el momento en que crucé las puertas del Grupo 24 Horas de Alcohólicos Anónimos y me puse en sus manos, no me he vuelto a sentir sola ni un instante. Puedo llorar, puedo reír. A veces no sé muy bien por qué, pero da igual, porque me ayudan a sacar lo que llevo dentro, algo que nunca había podido ni logrado hacer.

Están enseñándome a preguntarme a mí misma por primera vez quién soy: Y con su apoyo, día tras día, busco una nueva vida, una vida sin alcohol. Creo que merece la pena intentarlo, ¿no?

Ahora sé que soy una enferma alcohólica. Habrá días y días, pero siempre estarán mis compañeros para prestarme su experiencia y su fuerza. Me siento orgullosa, porque por fin puedo decir con sinceridad: ¡No quiero volver a beber una copa!

Movimiento Internacional 24 Horas de Alcohólicos Anónimos

Alcohólicos Anónimos (LLegamos a creer) – Dios me encontró

 

 

 

 

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Creo que Dios me encontró, más que que yo lo haya encontrado. Fue algo similar a observar a un niño caminando; se cae una y otra vez, pero es mejor no intentar ayudarlo hasta que llegue a darse cuenta de que no puede hacerlo solo… y extienda la mano. Yo estaba en una situación en la que no tenía adónde dirigirme: era un punto de casi total desesperación. Entonces, y sólo entonces, actué honestamente, y con sencillez pedí a Dios que me ayudara. Vino a mí al instante, y pude sentir su presencia, tal como lo hago en ese momento.

Alcohólicos Anónimos, Llegamos a creer… (Cap. 3: “Oración”)

XXXVII Aniversario del Movimiento Internacional 24 Horas de A.A. (16)

Amor y servicio, la transmisión del mensaje como seguro de vida.

La atracción más que la coacción, y la fe ante la evidencia de los hechos.

 

Virgilio A., XXXVII Aniversario Grupo Matriz

Me llamo Angeles y soy enferma alcohólica (llegué a A.A. con 28 años)

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Cuando llegué al Grupo 24 Horas de Alcohólicos Anónimos me impactó mucho que la gente que me recibía ofreciera una respuesta a la pregunta que llevaba toda la vida haciéndome: “¿Qué me pasa? ¿Por qué no soy como los demás?” También supe que el alcoholismo es una enfermedad mental que sólo presenta un síntoma: una vez empiezas, no puedes parar. Además, me hablaron de lagunas mentales. Ahí pensé: “Eso es lo que me sucede a mí”.

Lo que un día, siete años atrás, empezó como un juego, para que mi hermana no descubriera mis miedos e inseguridades, años después se convierte en una agonía, en  intentar controlar mi manera de beber, en días sola en casa, mi refugio, donde me escondo del mundo, donde no me dicen “Ya no bebas más”, “Compórtate, por favor” u “Hoy no la líes”, donde puedo beber hasta caerme y nadie va a enterarse, donde a las siete de la tarde tomo una copa y acabo en laguna mental, donde despierto cada mañana sin saber muy bien qué ha pasado ayer. Cada vez esos despertares son peores, a veces en casas ajenas, hoteles, el hospital, y cada vez con más miedo a que de nuevo me suceda no saber lo que ha pasado, ni cómo ni por qué.

Desesperada busco ayuda con psicólogos, psiquiatras. No les entiendo, hago lo que me dicen, pero no me funciona. Después lo intento con fuerza de voluntad, alejándome de la gente con la que bebo… y sin ni saber cómo vuelvo a beber. Cada vez más frustrada, más impotente y más desesperada. No lo consigo, y no entiendo por qué. Hasta que llega un momento en que ya no puedo y no quiero más de la vida. Para mí eso es muy cruel. Intento ser como los demás, pero no lo consigo. Y ya, enfadada con Dios, con mi familia y con el mundo, sólo quiero morirme, así, borracha. Ya no salgo de casa, sólo quiero beber y dormir, y que me dejen en paz. No quiero ayuda, ni padres ni nada. Todo está terminado en medio de delirios de persecución, auditivos, táctiles y visuales.

Un día mi madre toma las riendas de mi vida y me trae a un Grupo 24 Horas. Quiero morir, que me dejen tirada en una esquina. Ya no hay vida para mí. Y al llegar descubro a personas a las que les sucede lo mismo que a mí. Ya no me siento sola. Me calman y, aunque pienso que no voy a poder mantenerme mucho tiempo sin beber y tengo miedo de intentarlo y fracasar de nuevo, lo intento.

A día de hoy puedo decir que merece la pena, que la vida me gusta, estoy rodeada de amigos, soy feliz a mi manera. Me siento una persona muy afortunada: tuve la oportunidad de vivir dos vidas en una.

Hoy quiero vivir, encontré mi lugar.

 

Movimiento Internacional 24 Horas de Alcohólicos Anónimos

Pensamiento del día 1 de Abril

El enfermo alcohólico es quien tal vez más eche de menos el paraíso perdido, el “mundo perfecto”. A merced de la incapacidad personal para relacionarnos con los demás, de nuestra hipersensibilidad, de la visión distorsionada de la realidad, de los miedos inherentes a la personalidad alcohólica, imposibilitados para integrarnos en una sociedad que nos despreció, y a la que en el fondo también despreciamos, nuestra vida transcurrió en una sensación continua y constante de hallarnos siempre fuera de lugar en “el mundo de los ‘normales’”, un mundo que sentíamos hostil y ante el cual nos vimos obligados a levantar barreras y adoptar disfraces de autoprotección.

A nuestra llegada al Movimiento 24 Horas de Alcohólicos Anónimos, encontramos enseguida una gran hermandad, surgida en el plano del sufrimiento, en la comprensión mutua, en la comunión emocional y espiritual de quienes hemos padecido infiernos similares, supervivientes del mismo naufragio. En los compañeros que nos recibieron descubrimos la necesidad común, imperiosa, de no beber esa primera copa, de iniciar una nueva vida. De pronto otro enfermo alcohólico que parecía conocernos de toda la vida tocaba las fibras más íntimas de nuestro ser, nos brindaba una amistad desinteresada, plena, a prueba de ácido. “No nos importa quién eres, te aceptamos tal y como eres”, escuchamos decir.

Tal vez por eso muchos de nosotros sentimos desde ese primer momento que nos encontrábamos en ese mundo tan añorado de la buena voluntad, donde no existía la obligación de cuidar nuestras espaldas, ni de fingir una personalidad ajena, que podíamos descartar las armaduras que tan laboriosamente habíamos tejido para protegernos, pero que nos impedían recibir el cariño y el afecto de los demás. Podíamos “bajar la guardia”, dejar de vivir “como espías en territorio enemigo…” En definitiva, habíamos llegado a casa.

 

Movimiento Internacional 24 Horas de Alcohólicos Anónimos

XXXVII Aniversario del Movimiento Internacional 24 Horas de A.A. (15)

No me resta sino agradecer a aquel que me transmitió el mensaje de Alcohólicos Anónimos, sembró en mí la semilla del servicio y, sobre todo, tuvo la idea de abrir un Grupo 24 Horas de A.A. que sesionaría ininterrumpidamente, a mis compañeros Guillermo L., Raúl G., Víctor C., Enrique A. y Macario R., por su comprensión y cariño, así como a tantos y tantos más, servidores y compañeros del Movimiento Internacional 24 Horas de Alcohólicos Anónimos.

 

Virgilio A., XXXVII Aniversario Grupo Matriz

Alcohólicos Anónimos en prisiones – “No te arrestaron, te rescataron”

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Tras unas semanas en esta prisión donde cumplo una condena de dos años, descubrí algunos folletos de Alcohólicos Anónimos. Al contestar unas quince preguntas de uno de esos folletos, descubrí, entre otras cosas, que era alcohólico. Digo “entre otras cosas”, porque era también una persona muy trastornada emocionalmente, y ahora sé que la mayoría de los alcohólicos lo somos.

Antes de llegar aquí, pasé un año entrando y saliendo de instituciones psiquiátricas. Cada vez que ingresaba en una, me preguntaban si tenía un problema con la bebida y, por supuesto, mi respuesta era que no. Así que al ser dado de alta estaba tan enfermo como lo estaba cuando llegué. La única diferencia estaba en que al salir tenía algunas píldoras que me ayudarían a “enfrentarme” con la situación.

Cuando me uní al programa de A.A., ya había tocado fondo, el auténtico fondo. Tuve que aceptar el programa de doce pasos, o resignarme a morir. Durante los últimos dos años había intentado suicidarme varias veces.

Empecé a beber a la edad de catorce años y, cuantos más cumplía, más bebía y mayores problemas tenía. A causa de la bebida perdí a mi esposa, una empresa y empleo tras empleo. Además perdí cantidad de amigos.

Al igual que todos los demás alcohólicos, no podía ver más allá de mis narices. Efectivamente, no podía mantenerme suficientemente sobrio como para ver mis narices. Era siempre otra persona quien tenía la culpa de que esto o aquello me sucediera. Los muros del resentimiento, odio, autoconmiseración, egoísmo y demás emociones acarreadas por el alcoholismo eran más altos que los de la prisión que ahora me rodean.

Un preso de aquí, sentenciado a cadena perpetua me dijo: “No te arrestaron, te rescataron”. Y qué gran verdad es ésa. No me agrada estar aquí; pero estoy agradecido y encantado de que A.A. estuviera aquí.

Me doy cuenta de que tengo muchos problemas con que enfrentarme. Uno de los más grandes será ganar nuevamente el respeto cuando salga de aquí. Pero estoy convencido de que, si vivo de acuerdo al programa de A.A., tendré un éxito seguro. Tengo que trabajar los pasos con diligencia mientras esté aquí dentro. Los problemas que tenemos dentro son básicamente los mismos que hay fuera. Somos alcohólicos, ya bebamos o no.

 Alcohólicos Anónimos, A. A. en prisiones: de preso a preso

Reflexión del 23 de Marzo

alcoholicos anonimos

“Hemos visto esta verdad demostrada una y otra vez: ‘Una vez alcohólico, alcohólico para siempre…’ Si estamos haciendo planes para dejar de beber, no debe haber reserva de ninguna clase, ni ninguna idea oculta de que algún día seremos inmunes al alcohol… Para estar gravemente afectado no es necesario que uno haya estado bebiendo durante mucho tiempo, ni que beba tanto como lo hicimos algunos de nosotros. Esto es particularmente cierto en las mujeres. Las potencialmente alcohólicas a veces se vuelven verdaderamente tales, y en unos cuantos años su caso está muy avanzado” (Alcohólicos Anónimos, Alcohólicos Anónimos).

Estas palabras las tengo subrayadas en mi libro. Son ciertas para hombres y mujeres alcohólicos. En muchas ocasiones he abierto mi libro en esta página y he reflexionado sobre este pasaje. Nunca tengo que engañarme a mí misma recordando mis a veces diferentes maneras de beber, o creyéndome “curada”. Prefiero pensar que, si la sobriedad es un regalo de Dios, tal y como yo lo concibo, para mí, entonces mi vida sobria es mi regalo para Dios. Espero que Dios esté tan feliz con su regalo como yo lo estoy con el mío.

 

Alcohólicos Anónimos, Reflexiones diarias

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