Alcohólicos Anónimos en prisiones – Un preso malo imposible de alcanzar (1)


Al igual que la mayoría de los alcohólicos, tenía un lema: “Come, bebe y diviértete, porque mañana morirás”. Pero, por supuesto, yo no podía morir. Cada vez que me despertaba, estaba angustiado, enfermo mental, física y espiritualmente. No había nada que me pudiera sacar del abismo sino más alcohol. Con el tiempo, para levantarme era necesario reforzar el alcohol con otras drogas. Más tarde, ni siquiera la mezcla del alcohol y la droga podía levantarme.

Hay muchas cosas peores que morir, pero ¿hay una muerte peor que el lento y progresivo suicidio del alcohólico activo? El alcohólico muere repetidas veces. El alcohol va destripando la vida, consumiendo el cerebro de tal forma que el alcohólico queda ciego ante la verdad. Pasé años en prisión sin tener la menor sospecha de que, sin el alcohol, nunca me habría encontrado encarcelado. Si no hubiera sido por A.A. en prisión… pues, no sé, pero tengo motivos para creer que no estaría vivo hoy.

Hay algo de lo cual estoy seguro: Los presos que asisten a Alcohólicos Anónimos en prisión tienen una mayor probabilidad, al ser puestos en libertad, de permanecer libres. Esto es un hecho confirmado por la experiencia. Por supuesto, es necesario que un preso empiece a vivir la vida de A.A. “dentro” para tener esta posibilidad “fuera”. Beber alcohol tiene como efecto el cambio de la personalidad, incluso en las personalidades sanas. Si mi personalidad es inadecuada, antisocial o retorcida y la altero con el alcohol o cualquier otra sustancia química, puedo decir adiós a mis buenas intenciones, a mi preocupación por la consecuencia de mis acciones, y a mi disposición para ser responsable. ¿Qué puedo hacer que no sea lo que siempre he hecho? Comportarme como siempre me he comportado y volver a la prisión. Se estima que dos tercios de los presos estaban bajo los efectos del alcohol y/o la droga cuando cometieron los delitos por los cuales cumplen condena.

La mayoría de nosotros no nos quedábamos suficiente tiempo fuera como para hacer el típico recorrido alcohólico, para que se manifestara el alcoholismo continuo o la forma alcohólica de beber de la cual se oye hablar en A.A. Siempre, o casi siempre, al ser puestos en libertad, teníamos buenas intenciones. Pero con el primer trago nuestras buenas intenciones desaparecieron; nuestras personalidades cambiaron. Volvíamos a la vieja vida, la que conocíamos: una vida llena de ira, de venganzas, de rencores, miedo, dependencia, negación, obstinación, irresponsabilidad. Y nos encontramos nuevamente en prisión, donde se iban deformando nuestras personalidades cada vez más.

La sobriedad y un plan de vida que produzca un cambio de personalidad y un despertar espiritual son imperativos. Por medio de A.A., muchos experimentan el cambio y el despertar necesarios con sólo intentar vivir de acuerdo a los principios de A.A. y asociarse con la gente de A.A. Lo hacemos asistiendo a las reuniones de A.A. con amplitud de ideas y el deseo de vivir la vida sin tener que usar sustancias químicas –líquidas o de cualquier otra forma– para sentirnos bien.

Por medio de A.A. podemos experimentar una liberación del ego. Después de todo, era el ego (tú, yo) el que nos obstaculizaba, dirigía el espectáculo y nos conducía a la destrucción y lastimaba a nuestros seres queridos. Los doce pasos de A.A. se encaminan a destruir el viejo ego (a desinflarlo) y construir un nuevo ser liberado.

 Alcohólicos Anónimos, A. A. en prisiones: de preso a preso.

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