Alcohólicos Anónimos y los Jóvenes – Juan (se unió a A. A. a los 18 años)


 “A.A. me enseñaba una forma de vivir mucho mejor que la que estaba viviendo”

 

Me llamo Juan y soy enfermo alcohólico. Me emborraché por primera vez cuando tenía 11 años. La bebida me quitaba el miedo de la gente y mi inseguridad, pero me condujo a muchos problemas. Durante mucho tiempo culpaba a mis padres por mi manera de ser, a pesar de que era yo el que faltaba a la escuela. De adolescente, me ingresaron cuatro veces en centros de tratamiento y tres veces en casas de acogida. Además fui internado varias veces en reformatorios juveniles. La escuela nunca tenía importancia para mí y nunca la terminé. Trataba de engañar a todo el mundo y de convencerlos de que yo no era el problema y rápidamente aprendí a decir lo que les gustaba oír a los adultos, para quitármelos de encima. No obstante, me sentía muy solo porque creía que nadie tenía los problemas que yo tenía. Hubo algunos periodos de sobriedad, pero sólo para complacer a otros. Durante mi último periodo de sobriedad, no practicaba el programa de A.A., así que la vida seguía siendo insoportable.

Mi última temporada bebiendo duró como un año. Después de mi última borrachera me encontré en la cárcel. No sé si puedo describir exactamente cómo me sentía, pero espero no olvidarlo nunca. Quería escaparme de mi cuerpo, arrastrarme hasta un rincón de la celda y morir.

Me enviaron a un reformatorio, a un centro de tratamiento y a otra casa de acogida. Entonces fue cuando empecé a buscar la ayuda de Alcohólicos Anónimos Allí empecé a encontrar la libertad por medio de A.A. No sabía si quería estar sobrio, pero la gente en las reuniones de A.A. seguía diciéndome: “¡Sigue viniendo!” Era muy agradable. A.A. me enseñaba una forma de vivir que era mucho mejor que la que yo estaba viviendo. Esa gente me enseñaba a enfrentarme a los problemas cotidianos de la vida y a no volver a sentirme solo nunca más.

Sé que me falta mucho camino por recorrer, pero con este programa y mi Poder Superior sé que puedo lograrlo sin esconderme ni escaparme. La libertad me viene de la práctica de los doce pasos para superar mis problemas. Cada día Dios me da nuevas “oportunidades” (a las cuales yo llamo “la vida”) de aplicarlos en mi vida diaria.

Recientemente, he tenido la oportunidad de compartir mi experiencia, fortaleza y esperanza en un par de instituciones correccionales donde yo había estado internado. Cuando hago estas cosas me siento más que nunca integrado en el programa. Eso es muy gratificador. Con la ayuda Dios, puedo aprender a vivir “feliz, alegre y libre,” y mantenerme sobrio un día más.

 

Alcohólicos Anónimos, Los jóvenes y A.A

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