Alcohólicos Anónimos en prisiones – De preso a preso A.C.


Todos los martes y cada cuatro sábados

A la edad de 20 años me enviaron a la Insitución Correccional de Taycheedah (ITC), sentenciada a cinco años. Tres veces había intentado suicidarme, la última vez cuatro semanas antes de ser encarcelada. Era la persona más sola del mundo. Sabía que tenía un problema con la bebida; pero, ¿una alcohólica? Nunca.

Me uní al programa aquí en la ICT porque el personal me dijo que tenía que hacerlo. Me integré en Alcohólicos Anónimos para causarle una buena impresión a la junta de libertad condicional. Asistía a las reuniones de A.A. en prisión por un año y medio antes de admitir a mí misma que era realmente alcohólica. Creo que todavía me estaría engañando, si no fuera por un orador de afuera que compartía su experiencia. Hablaba acerca de sí mismo, pero en cada palabra me podía reconocer a mí misma. Entonces, llegué a creer, admitir y aceptar que yo también era alcohólica. El único problema era que sólo trabajaba el programa los martes y cada cuarto sábado del mes.

Poco tiempo después, me trasladaron a un centro de prepuesta en libertad para mujeres. La prueba mayor para la libertad la encontraría en este lugar. Había logrado pasar 23 meses sobria en prisión. ¿Podría hacerlo seis meses más?

Dos días después de mi segundo aniversario, me tomé una copa, allí mismo en el centro. Todavía estaba asistiendo a las reuniones de A.A. fuera del centro, mintiendo a mi madrina, mis miembros compañeros y a mí misa, diciendo que aún estaba sobria. Me decía a mí misma que iba a quitarle la razón al mundo, mostrando a todos que todavía podía beber socialmente.

Pero era yo la equivocada. Pasados dos meses, me encontré sentada en la cárcel municipal, esperando volver a la prisión. Ni siquiera me habían puesto en libertad todavía, y ya me encontraba de regreso a la prisión. Eso fue mi fondo.

Desde que volví, se me han abierto los ojos y reconozco mi verdadera enfermedad. Por naturaleza, no me es posible beber para socializar. Me he reintegrado a mi programa de A.A. aquí en la prisión. Y esta vez vivo y practico mi programa cada día. Doy gracias a Dios y a mi madrina por haberme ayudado. Sin ellos, todavía estaría borracha, o estaría muerta. Ahora tengo 22 años, estoy todavía encarcelada, y lo estaré un año más. Con la gracia de Dios a mi lado, puedo hacerlo –un día a la vez.

A. C., A. A. en prisiones: de preso a preso.

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